
Reflexión dominical. El amor de Dios en el milagro de la partición del pan
Por JOSÉ CERVANTES
Domingo, 2 ago. 2026
El amor de Dios
La palabra de este domingo nos presenta el amor de Dios, con tres lecturas que lo caracterizan como un amor gratuito y universal (Is 55,1-3), potente e inquebrantable (Rom 8,35-39) misericordioso y eficiente, que se revela especialmente en el reparto eucarístico del pan (Mt 14,13-21), realizado por Jesús con sus discípulos en un momento de gran necesidad de quienes los seguían. Este gran milagro del pan repartido nace del amor entrañable de Cristo, que no se queda meramente en un buen sentimiento, ni en un bello discurso, sino que, implicando a los discípulos, despliega ese amor en una serie de obras de misericordia que van desde la curación de los enfermos hasta la satisfacción del hambre de la gente.
El milagro del pan en los cuatro Evangelios
En los cuatro evangelios tenemos seis versiones acerca de este milagro del reparto de pan entre las multitudes, una comida extraordinaria realizada por Jesús que debió ser memorable en la primitiva Iglesia (Mc 6,30-44; Mt 14,13-21; Mc 8,1-10; Mt 15,32-39; Lc 9,11-17; Jn 6,1-15). También allí Jesús realiza los gestos eucarísticos con el pan (tomar, bendecir, partir, dar) de modo que aquella comida se convirtió en una de las tradiciones principales acerca de la fracción del pan. La multiplicidad y diversidad de testimonios refleja la importancia de la misma en las Iglesias del Nuevo Testamento.
El signo del pan partido
Con ello la comunidad expresa el dinamismo misionero que la presencia del Señor Jesús imprime en sus discípulos al implicarlos directamente en el partir el pan y repartirlo entre las multitudes hambrientas. El pan partido y compartido es un milagro al alcance de la humanidad y se convierte en un signo que nos da la vida, que refuerza la fraternidad y la solidaridad entre los cristianos y nos interpela sobre el hambre y la miseria que viven grandes masas de la humanidad, particularmente en la siempre olvidada África y en los sectores y pueblos más empobrecidos del mundo.
Milagro y parábola
El relato del milagro del reparto solidario y organizado del pan como don y signo del Reino de Dios revela que Jesús es el Mesías a través de una narración, que también hoy constituye una auténtica parábola para el mundo pues su mensaje de salvación es una alternativa al sistema social de este mundo globalizado afectado por la crisis permanente y fatal del hambre. Lo admirable del milagro evangélico no es la “multiplicación” de panes, sino el “reparto” del pan partido entre los necesitados. El milagro no consiste en multiplicar sino en dividir. Lo que es digno de admiración y rompe la lógica matemática es el pan compartido y repartido. Y este pan compartido sacia a todos.
El verdadero milagro es compartir
Éste es el gran milagro que la Iglesia proclama desde el Evangelio y desde la Eucaristía, y ésta es nuestra gran palabra en el mundo. Frente al falso milagro diabólico del capitalismo salvaje que consiste en multiplicar y superproducir, sosteniendo como criterio absoluto el crecimiento económico, es decir, como objetivo prioritario o único del sistema y descuidando la atención a los últimos y más vulnerables, el milagro narrado en el evangelio consiste en dividir y compartir con los hambrientos. La Eucaristía es sacramento que anuncia y anticipa una nueva realidad mesiánica, proclamando la muerte de Jesús, un cuerpo roto, como dinamismo liberador y solidario en una humanidad injusta y en una sociedad decadente.
La pobreza y el hambre en nuestro mundo
En descampado y hambrienta está también hoy una parte grande de la humanidad, carente de las necesidades más vitales, muchos de ellos, sin pan y sin casa. Es el problema principal de la humanidad, la pobreza y el hambre. No son dos problemas, sino uno solo, la raíz y la consecuencia del mismo fenómeno de gran sufrimiento de la humanidad. En el texto de Mateo de este domingo los discípulos piden a Jesús que despida a las multitudes. ¡Cuánta gente en el mundo hoy es despedida! ¿A cuántos se les dice “que se vayan”? ¡A cuántos se les está diciendo que estorban aquí! ¡por la edad avanzada! o ¡por ser inmigrantes! o ¡por ser diferentes!
¡Aquí hay pan para todos!
Pensemos en los inmigrantes, con papeles o sin ellos. O en los niños de la calle, tantas veces rechazados hasta por sus propios vecinos. O en cualquier tipo y manifestación de racismo o xenofobia. O en cualquier forma de marginación personal y social por motivos religiosos o por ideas diferentes. ¿Cuántas veces hemos leído “fuera con ellos” en los graffiti de los muros de las ciudades? Ese slogan indica el camino de la barbarie que acaba en holocausto. Jesús da una respuesta contundente a los discípulos: “No tienen necesidad de irse”. ¿Cómo resuena esta frase entre nosotros? Con Jesús, podemos decir que nadie tiene ni necesidad ni obligación de irse en ninguna parte del mundo, pues todos tienen derecho al pan y al trabajo, a la dignidad y a la libertad, a la convivencia en paz y con respeto, al bienestar y a la satisfacción de los mínimos de supervivencia en nuestro planeta. Aquí hay pan para todos. El pan compartido es capaz de saciar a todos.
Organizarse para compartir el pan
La Eucaristía es símbolo y realidad de la salvación. Jesús involucra a sus discípulos en una acción capaz de realizar un verdadero milagro: «Denles ustedes de comer». Probablemente ellos pensarían que el milagro consiste en multiplicar los alimentos, y creerían que el problema era comprar para muchos. En cambio, Jesús no compra ni multiplica, sino que parte y reparte, es más, él mismo se parte y se entrega hasta el fin. Jesús les muestra que, más que despedir o comprar, el camino a seguir es organizarse y planificar el servicio, es saber convivir unos con otros en el lugar de la tierra en la que estemos viviendo, y entonces, partir y compartir el don del pan y los dones de esa tierra.
El pan es un don de Dios para compartir: “Nuestro pan de cada día…”
Jesús da una lección excepcional para que nosotros aprendamos a hacer el milagro y resolvamos esa cuestión que la humanidad tiene pendiente: el hambre. Bendecir el pan significa comprender que los bienes que da la tierra con el trabajo del hombre, en especial los que son necesarios para vivir con dignidad, como el pan “nuestro”, no nos pertenecen, sino que son don de Dios para toda la humanidad, y si obramos en consecuencia y compartimos lo que tenemos, si organizamos nuestras relaciones económicas de acuerdo con esta convicción, si superamos así la injusticia que estructura nuestro planeta, habrá pan para todos y sobrará. Por eso el reparto de los panes adquiere su pleno significado en el reparto del pan eucarístico. Y se hace oración en el Padrenuestro, donde siempre se dice: “Nuestro Pan de cada día…”
La insuficiencia de los sistemas dominantes
La insuficiencia de los dos sistemas económicos dominantes en el mundo es evidente. El sistema capitalista es injusto en su esencia, cuando aniquila a la persona convirtiéndola en mercancía y genera terribles desigualdades dirigidas por los dueños del gran capital, y el socialista también es injusto, cuando atenta contra la libertad de la persona y contra su dignidad inalienable convirtiéndola en un pelele a merced del autoritarismo de los dirigentes del Estado. El mundo de la macroeconomía se muestra cada vez más incapaz de resolver el problema de la pobreza porque está basado en la idolatría del dinero, un ídolo que premia a los que le ofrecen como sacrificio la vida de los pobres. Pero gracias a Dios, también hay creyentes comprometidos en el ámbito empresarial, que buscan, con el evangelio en el corazón, abrir caminos de justicia y de comunión fraterna, centrados en el bien común y en la atención a los más necesitados.
La alternativa Eucarística del compartir
La celebración de la Eucaristía, sin embargo, es la manifestación del Señor en nuestras personas y comunidades, es la máxima expresión sacramental del amor inquebrantable de Dios en Cristo, crucificado y resucitado, que nos mueve a una solidaridad efectiva con los pobres a través del justo reparto del pan y de la tierra para que todos puedan vivir con dignidad y en libertad. La Iglesia, cuando es fiel al Evangelio, proclama y enseña que no solamente hay que ir a Misa el domingo, sino vivir eucarísticamente todos los días, dejando que el Amor de Dios transforme nuestras vidas y partiendo el pan con el hambriento. Vaya nuestro elogio y nuestra felicitación a Cáritas y a sus miles de voluntarios, la organización silenciosa de la Iglesia, que sigue respondiendo en cada Diócesis y en cada parroquia a la demanda de Jesús: “Denles ustedes comer”. Y así da testimonio del Amor de Dios, gratuito y universal (Is 55,1-3), potente e inquebrantable (Rom 8,35-39) misericordioso y eficiente.

José Cervantes Gabarrón es sacerdote misionero murciano y profesor de Sagrada Escritura. Director de Oikía, Casa de Acogida a Niños de la Calle, y director del Instituto de Estudios Teológicos Seminario Mayor San Lorenzo, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.