PRIMERA PLANASOCIEDAD

Opinión. No miren al incendio

Por JOAQUÍN P. SÁNCHEZ ONTENIENTE
Lunes, 3 ago. 2026

En 2021 se estrenó ‘No miren arriba’, una película de culto –como suele ocurrir, insuficientemente reconocida en su momento– en la que Adam McKay (escritor, productor y director) nos ofrece una inquietante reflexión sobre la indiferencia de los gobiernos y los medios de comunicación ante la peor catástrofe posible, como es la destrucción misma del planeta por un gigantesco meteorito. Amarga comedia negra que además de magistral sátira contra la desinformación y el negacionismo, ahonda en una perturbadora realidad: la sociedad prefiere el entretenimiento antes que afrontar los problemas reales.

Hace ya diez años que el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, máxima autoridad mundial en la materia, estableció su actual observatorio sobre el crucial problema de los incendios forestales, acuciado ya entonces por las evidentes previsiones que desgraciadamente se están cumpliendo: se proyectaban para los siguientes decenios unas condiciones climáticas que empeorarían sustancialmente las que afectan a los incendios.
Aunque en España tiende a acuñarse el término GIF “Grandes incendios forestales” para aquellos que superan las 50.000 hectáreas quemadas, lo cierto es que la nomenclatura del PNUMA-ONU es más ‘estricta’ y confiere el máximo nivel de catástrofe a los denominados “megaincendios” que son aquellos que afectan a más de 40.000 hectáreas. Y lo peor es que no cesa de aumentar su estadística; en lo que terrorífícamente amenaza en convertirse en una nueva normalidad, según advierten Niklas Hagelber, uno de los principales expertos del Programa.

Que de estos megaincendios hayamos tenido ya tres en España, en sólo los últimos dos años, debería llevarnos más que a la reflexión, al pánico. El todavía humeante de Burgohondo (Avila)-Sierra Oeste (Madrid) que ha alcanzado 55.500 hectáreas supone el más triste de los récords, seguido por dos del año pasado, el de Orense-Lugo-León con 45.000 hectáreas, y el de Zamora con 40.800 hectáreas. Deberia preocuparnos tanto la celeridad del proceso como la desoladora falta de conocimientos, y peor aún, de inteligencia en una gran parte de la población, que nunca va a captar la importancia de la situación, para felicidad de los poderes económicos y políticos que en estos ríos de cenizas pescan sabrosos intereses y beneficios.

Como ya dije hace un año, el escenario real acabará pareciéndose a una exagerada película de catástrofes: los incendios extremadamente intensos que afecten a grandes áreas –modelo que desgraciadamente irá aumentando en frecuencia– provocarán tormentas eléctricas que los retroalimentarán con los rayos y con las velocidades erráticas del viento que llevarán aparejado.
Y seguiremos asombrándonos del alcance local, comarcal e incluso regional de estos siniestros, en forma de llamativos paisajes apocalípticos de naturaleza muerta o inmensas tragedias humanas, como las pérdidas de formas de vida y de la vida misma, Pero también seguiremos ciegos a las consecuencias globales, que nos afectarán aún más al cabo del tiempo.

Entre los efectos planetarios, los foros científicos destacan que el humo y las particulas de la combustión atacan a millones de personas, especialmente enfermos crónicos, niños, ancianos y pobres; la pérdida masiva de biodiversidad bajo las llamas ya tiene amenazadas a 4.400 especies terrestres y de agua dulce en todo el mundo; y el carbono ‘negro’ y otros contaminantes de la combustión generados afectan a un significativo catálogo de bienes preciosos para la supervivencia: las fuentes de agua, los glaciares y la floración de las algas oceánicas. Y como inevitable colofón: el incendio transforma los grandes sumideros de carbono planetarios, como las selvas tropicales, en fuentes de carbono. Como si nuestro mayor valedor, acabase convirtiendose en un zombie que fuera a por nosotros.

¿No nos queda más que esperar a que nuestros hijos se enfrenten a la desolación y la muerte que no somos capaces de evitar? Pues la verdad es que no parecemos estar dando los pasos suficientes para cambiar este destino. Contribuye principalmente a ello un fatídico ‘cóctel’ de dos componentes que bloquea, mucho más de lo aparente, un necesario y efectivo cambio de rumbo. A continuación los cito y después me refiero brevemente a ellos:
En primer lugar, la caída de nivel cultural, en consecuente y demoníaca sinergia, con el adocenamiento de las comunidades humanas y la pérdida del espíritu analítico y crítico, individual y colectivo.
Y, en segundo lugar, la pérdida de valores y con ello el compromiso personal que resultan imprescindibles para que la suma de todos las acciones individuales permita afrontar los desafíos globales

¿Por qué es tan importante recuperar un nivel cultural general, profundamente degradado por planificaciones educativas cada vez más relajadas? Sin extenderme en las causas profundas de este letal deterioro, que no es el objeto de este artículo, lo voy a resumir en cuatro líneas: sin unos conocimientos mínimos de física, química, biología, matemáticas, medio físico e incluso humanidades, materias que en el mundo civilizado venían pertrechando las mentes, no podemos esperar que la gente y su voluntad colectiva asuman que el mantenimiento de los procesos ecológicos esenciales importa más que las habilidosas patadas que un joven atlético le pueda dar a un balón.

¿Y por qué la pérdida de valores es la otra gran carencia que nos aboca al desastre? Porque las cosas bien hechas por lo general cuestan un esfuerzo e incluso un sacrificio. Y ello sólo puede esperarse de quienes, de manera individual, son capaces de anteponer a una egoísta comodidad el interés de sus vecinos y en general de la humanidad, del planeta y de los seres vivos ¿Cómo vamos a pedirle a quien es incapaz de separar en casa y en los contenedores sus residuos reciclables que acometa sacrificios mayores para evitar el caos de la supervivencia ambiental?

Se imponen por tanto estrategias urgentes y radicales para promover más cultura y más valores, al mismo tiempo que para incrementar las acciones de prevención de incendios forestales y los planes y medios de extinción. Son tareas tan gigantescas que se requerirían consensos políticos generales, con presupuestos económicos valientes.
¿Queda alguna esperanza de que este ilusionante escenario llegue a tiempo de salvar algo? Si hay que esperar a que se instalen la educación y valores referidos, no. No hay tiempo ya para obtener resultados mediante el simple rearme social con dichas herramientas, porque aunque son imprescindibles para la supervivencia a largo plazo, todo va demasiado deprisa como para esperar esas decenas de años que requieren para invertir la situación del momento, con generaciones actuales educadas en la banalidad, la facilitación y la lenidad. En otras palabras, opino que hay que iniciar urgentemente esa gigantesca tarea de reconstrucción cultural y de valores, para que en una o a lo sumo dos generaciones predominen mentes bien equipadas y voluntades altruistas. Pero entre tanto, no basta con inteligencia, también hace falta valentía.

El galopante deterioro climático y ambiental va a empeorar las condiciones de la diaria supervivencia en todo el mundo, con una presencia más inmediata –¡ya están aquí!– en las áreas geográficas de mayor fragilidad, como son las zonas áridas y semiáridas entre las que se encuentra la España meridional y especialmente su sureste. La competencia por los recursos en peligro, fundamentalmente el agua, exacerbará conflictos y generará incertidumbre y malestar generalizados. Lo más probable es que los sistemas de gobernanza se distraigan en medidas paliativas (más benignamente, las llamarán “mitigadoras”), mientras se enzarzarán, como suelen hacer, en discusiones partidistas sobre su idoneidad, al tiempo que la población constatará en sus propias carnes, el empeoramiento continuado de las condiciones de vida. Los enfrentamientos violentos llegarán por nerviosismo, ansiedad y desesperación.

La única forma de adelantarse y doblegar favorablemente esa inquietante predicción es desgraciadamente difícil: entender que se nos echa encima una crisis de supervivencia y generar consensos de gobernanza (“acuerdos amplios entre partidos” quede quizás más explícito) que se atrevan a aprobar estrategias, normativas, inversiones y acciones para salvar los recursos naturales y productivos –especialmente entre éstos, los agropecuarios y pesqueros–, así como las condiciones ambientales para la vida de las personas. Y esto es tan urgente que hay que hacerlo ya, para que sus efectos puedan empezar a notarse en unos pocos años.
Acciones valientes implicarán desacuerdos y protestas, que podrán generar conflictividad social. Desde la simple rebaja de niveles de confort personal (eliminar lujos innecesarios aunque el ciudadano se los pueda pagar) hasta medidas de choque que pueden acabar con logros de comodidad colectiva que se creían ganados para siempre. Pero por mucho que duelan estas pérdidas, si se sostienen en acuerdos amplios de los representantes ciudadanos, tendrán que salir adelante. No hablamos de cercenar derechos esenciales de las personas, pero fuera de ello, por grandes que lleguen a parecer, cualquier restricción de lo superfluo siempre será una pérdida menor. Quizás soportando esas pérdidas, lo consigamos.

Antes hablé de consensos. Nunca hicieron más falta. Volvamos a traer esta palabra a nuestro imaginario colectivo. Queda poco, muy poco tiempo. También podemos seguir como hasta ahora; con un poco de suerte desapareceremos antes de ver el sufrimiento extremo de nuestros hijos. Si prefieren esto último, no miren al incendio.

Joaquín P. Sánchez Onteniente es socio Fundador de la Asociación de Naturalistas del Sureste (ANSE).

Etiquetas
Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar