Fallece Antonio Ruiz, “el alma alegre” de la Venta El Peretón
Sábado, 25 jul. 2026. VENTA EL PERETÓN
Este viernes 24 de julio, nos ha dejado Antonio Ruiz.
El alma alegre de esta Venta. La verbena que nunca se apagaba.
Hoy las plazas de abastos se quedan un poco más huérfanas. Los aperitivos saben distinto. El cava burbujea un poco menos. Y esta casa pierde a quien la hizo crecer con trabajo, imaginación y un corazón inmenso.
El Evangelio de San Juan dice:
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
(Jn 15,13).
Quienes tuvimos la suerte de conocer a Antonio sabemos que decir Antonio era decir amigo. Por eso, estamos felices de que se ha ido en paz, rodeado del amor de su familia y de sus amigos.
Y, aunque hoy nos toca hablar de su muerte, la verdad es que Antonio nos deja, sobre todo, una inmensa lección sobre cómo vivir. Porque hay personas que enseñan con sus palabras, pero él enseñaba con su manera de estar en el mundo.
Antonio era abundancia. Abundancia de ideas, de energía, de ilusión, de generosidad, de amistad y de alegría. Era capaz de contagiar entusiasmo con una sola conversación. Donde otros encontraban dificultades, él veía posibilidades. Donde otros ponían límites, él respondía con una sonrisa y un “eso te lo consigo yo”.
Nos enseñó que la esperanza no es lo último que se pierde, porque él nunca la perdió. Incluso cuando la vida le puso delante las pruebas más difíciles, siguió sonriendo, haciendo planes, pensando en los demás y regalando motivos para creer que siempre había un mañana mejor.
Antonio no se limitaba a pasar por la vida. La mejoraba. Y no solo la suya, sino también la de todos los que tuvimos la suerte de caminar a su lado.
Fue el creador de los pinchos morunos, del salmón a la brasa, de la barbacoa de El Peretón y de tantas ideas que hoy forman parte de nuestra historia. Pero su mayor creación nunca estuvo en una parrilla ni en un negocio.
Su mayor obra fueron las personas. Las amistades que cultivó. La familia que sostuvo. Los abrazos que regaló. Los sueños que ayudó a cumplir. La esperanza que sembró. La alegría que contagió. La huella que deja en todos nosotros.
Hoy nos deja un vacío imposible de llenar, pero también un legado inmenso.
Nos deja la responsabilidad –y el privilegio– de seguir viviendo como él nos enseñó: haciendo grande lo pequeño, compartiendo mesa, brindando por la vida, creyendo en las personas y diciendo, una vez más, “eso te lo consigo yo”.
Gracias por tanto, Antonio.
Porque hoy hablamos de tu muerte, pero lo que de verdad permanecerá para siempre es todo lo que nos enseñaste sobre la vida. El Peretón llevará tu manera de vivir en cada mesa, en cada brindis, en cada abrazo.