
Reflexión dominical. La venida del Espíritu Santo
Por JOSÉ CERVANTES
Domingo, 24 may. 2026
El Espíritu firme, santo y generoso
La fiesta de Pentecostés señala el fin de la Pascua, la etapa litúrgica en la vida de la Iglesia que cada año permite renovar la vida de los creyentes por la participación en los misterios de la fe, que tienen su eje en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La venida del Espíritu Santo sobre los discípulos y discípulas, motivo de la fiesta de Pentecostés, es el fruto principal y definitivo de la Pasión de Cristo y marca el comienzo de la Iglesia, haciendo de los discípulos una comunidad viva, dinámica, plural, evangelizadora y misionera. Desde el comienzo de la cuaresma invocamos en la oración del Salmo 50: “Renuévame por dentro con Espíritu firme, no me quites tu santo espíritu, afiánzame con espíritu generoso”, para que se realizase en nosotros la transformación de nuestra mente y de nuestro espíritu, quebrantado y humillado. Ahora se lleva a cabo esta transformación por la comunicación del Espíritu de Cristo muerto y resucitado en el corazón de las personas que lo invocan. El Espíritu firme, santo y generoso de Cristo se comunica a través de la palabra del Evangelio transmitida e interpretada en la fe de la Iglesia.
Dos versiones de un mismo acontecimiento del Espíritu
La Biblia relata el misterio de la venida del Espíritu en dos versiones. Una, en los Hechos de los Apóstoles, y otra, en el Evangelio de Juan. El texto lucano de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-13) lo presenta en el día de Pentecostés como una manifestación portentosa de Dios, con los elementos simbólicos del viento, del ruido y del fuego, signos de la potencia divina, que impulsa al testimonio de la fe en la diversidad de lenguas, pueblos y culturas. Esa misma diversidad de dones que emanan de un mismo Espíritu de amor es destacada por Pablo (1 Cor 12,1-31) poniendo de relieve el valor de la pluralidad de los miembros y funciones de la comunidad cristiana edificada por el amor, formando un solo cuerpo. El Evangelista Juan, en cambio, cuenta la comunicación del Espíritu, por parte de Jesús, de un modo más personal, como un nuevo aliento, una nueva atmósfera, un nuevo brío.
La efusión del Espíritu del crucificado y resucitado, según Jn 20,19-23
En Jerusalén, el primer día de la semana, es el mismo Jesús resucitado, inconfundible por las señales propias del crucificado en las manos y el costado, el que exhala sobre los discípulos su aliento y su Espíritu. El relato de la aparición del Resucitado a los discípulos en el cuarto evangelio (Jn 20,19-23) subraya la identidad del crucificado y resucitado, destaca la donación del Espíritu del Resucitado y resalta que el medio adecuado para comunicar la fe es el testimonio y la palabra. La victoria sobre la muerte y sobre el mal es el comienzo de la nueva creación. El realismo de la muerte violenta e injusta sufrida por Jesús como víctima de los poderes de este mundo ha dejado la huella imborrable de la limitación humana en aquel cuyo amor ha traspasado definitivamente el límite en virtud de su apertura al Espíritu transformador de Dios.
¡Reciban Espíritu santo!
Jesús en persona, Señor de la muerte y la vida, sigue dando su aliento de vida, soplando su fuerza de amor e infundiendo su Espíritu divino a la humanidad entera. Juan resalta su énfasis cualitativo: “Reciban Espíritu santo”. Al recibir el soplo de Cristo reciben el Espíritu Santo. Éste se hace presente de modo singular como palabra regeneradora de vida nueva. El Espíritu de Cristo da un nuevo vigor al ser humano que quiera recibirlo. La palabra es soplo, aliento, aire y espíritu articulado. Pero Jesús lo sigue comunicando desde dentro de la historia, en medio del sufrimiento y de la injusticia de la vida humana, a través de la palabra y del testimonio de los creyentes. Creer en el resucitado es seguir al crucificado y reconocer al Jesús de la cruz como Mesías, Señor e Hijo de Dios. Esta fe genera una nueva vida que supera todos los miedos, se nutre de los dones del Espíritu y nos convierte en receptores y en testigos de la paz, de la alegría y del perdón en el mundo.
El Espíritu firme y fuerte
El Espíritu que viene sobre nosotros, como vino sobre los primeros creyentes, irrumpe en el mundo y lo podemos sentir como viento fuerte, como ruido impetuoso, como fuego abrasador, que nos saca de la inercia anodina de la pasividad, del indiferentismo, de la abulia colectiva, del miedo paralizante, de la desidia y de la resignación ante el mal imperante. Es un Espíritu Firme. Ante la impotencia que parece provocar en nosotros el mal en sus múltiples manifestaciones, es posible, sin embargo, esperar al Espíritu de la vida que viene también hoy a comunicar sus dones y ponerlos a nuestro alcance y al alcance de todos.
El Espíritu Santo con sus dones
Esos dones del Espíritu Santo son siete, según la tradición profética (cf. Is 11, 1-2): sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Esos dones deben producir en nosotros los frutos que le son propios: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad (cf. Gá 5,22-23). Es el Espíritu Generoso de Cristo, invocado también en el Salmo 50. ¡Cuánta falta de estos dones y de estos frutos tenemos en Bolivia!
Bautizados en un mismo Espíritu, formamos un solo cuerpo: 1Co 12,3b-7.12-13
Pablo destaca la pluralidad de dones que emanan de un mismo Espíritu de amor, de un mismo Señor, garante de la unidad: En la Iglesia prevalece la unidad en la pluralidad y la pluralidad en la unidad. La carta pone de relieve el valor de la pluralidad de los miembros y funciones de la comunidad cristiana edificada por el amor para formar un solo cuerpo. A cada uno se le ha dado una manifestación particular del Espíritu, pero el Espíritu no es acaparable por nadie. Ha sido dado a la Iglesia y, en ella, a cada uno de los bautizados. Por ello, el Espíritu no significa uniformidad sino pluralidad, y tampoco significa dispersión sino unidad. Pentecostés significa reconocer esta realidad en la Iglesia, descubrir el propio carisma y respetar el de los demás.
El Espíritu de la Nueva Alianza
El Espíritu es también el que nos capacita para permanecer en la Nueva Alianza con Dios. La Alianza es la que fue sellada con la Pascua y la Sangre del Señor. Esa nueva Alianza inaugurada irreversiblemente por Cristo consiste en la participación de todo corazón humano en la misma transformación espiritual que Jesús llevó a cabo con la entrega de la propia vida, abriéndose al Espíritu de Dios en medio del sufrimiento injusto de su pasión. La transformación del corazón humano, experimentada y comunicada por Cristo a todo ser humano es el dinamismo del amor inscrito en el interior de cada persona y mediante el cual todos, hombres y mujeres, grandes y pequeños, judíos y cristianos, tenemos acceso a Dios gracias a Jesús, único mediador de la Alianza Nueva (Heb 9,11-15), que nos capacita por medio de Cristo para vivir el perdón definitivo de Dios y para no pecar ya más. En esa radical transformación del corazón humano anida la más profunda alegría del Espíritu, firme, santo y generoso.
La Virgen María en Pentecostés
La presencia de la Virgen María, madre de Jesús (Hch 1,14) y madre nuestra, es muy importante en el comienzo de la Iglesia naciente, pues la apertura al Espíritu por parte de la colmada de gracia al principio del evangelio de Lucas (1,35) hizo posible el nacimiento del Mesías y, de la misma manera, su presencia al principio de los Hechos de los Apóstoles, segunda parte de la obra de Lucas, la hace partícipe del nacimiento de la Iglesia, que es la continuadora de la misión del Espíritu del Resucitado a lo largo de la historia humana. La compañía de María como madre de Jesús y madre de la Iglesia es como la garantía del Espíritu transformador de los corazones y el aval de la gracia sobreabundante en la vida humana y en la Iglesia. A la Virgen se le podría llamar, por eso, prenda del Espíritu.
La misión permanente de la Iglesia con la fuerza del Espíritu
En la Misión permanente de la Iglesia Latinoamericana necesitamos también un Pentecostés permanente, para que el Espíritu impulse al testimonio de la vida en el amor a todos los creyentes, de modo que seamos testigos comprometidos de la verdad, de la libertad y de la justicia, que son los valores que conducen a la verdadera paz. Y pidamos también que el Espíritu infunda inteligencia y sabiduría, especialmente a los dirigentes del mundo, y también los de Bolivia y de España, y a todos nos de la capacidad para vivir el perdón, que es fuente de alegría y de consuelo en la vida humana. Feliz Pascua de Pentecostés.

José Cervantes Gabarrón es sacerdote misionero murciano y profesor de Sagrada Escritura. Director de Oikía, Casa de Acogida a Niños de la Calle, y director del Instituto de Estudios Teológicos Seminario Mayor San Lorenzo, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.