OPINIONPRIMERA PLANA

Reflexión dominical. Fieles a la Justicia de Dios

Por JOSÉ CERVANTES
Domingo, 15 feb. 2026

La justicia del Reino de Dios

Estamos escuchando, en estos domingos, el Sermón de la Montaña, la primera gran predicación de Jesús en el Evangelio de Mateo, con sus enseñanzas importantes para todos aquellos que quieran seguirlo. Jesús se presenta con una autoridad inaudita, más que como un nuevo Moisés, dando las claves para poder entrar en el Reino de Dios anunciado. La justicia de Dios que él anuncia trasciende toda la ley del Antiguo Testamento, pero sin omitir nada de su contenido esencial, sino llevándolo hasta sus últimas consecuencias y estableciendo así nuevas bases para las relaciones humanas y religiosas propias de una nueva Alianza.

La novedad del mensaje de Jesús

San Agustín expresó la excelencia de la nueva Justicia, de manera formidable, con su célebre frase: «quod in Vetere latet in Novo patet», para indicar que lo que está latente en el Antiguo Testamento se hace patente en el Nuevo. Con Jesús sigue vigente la exigencia de la ley, entendida ésta como los mínimos de una ética religiosa fundamental, pero se establece un nuevo horizonte, el de una justicia nueva, de máximos, propia de los valores del Reino de Dios, el grado supremo de la justicia, como aspiración propia del discipulado de Jesús. Los discípulos no estamos llamados sólo a conformarnos con el cumplimiento de los mínimos sino a vivir la alegría en plenitud de los máximos.

Llevar a la plenitud la Ley

Es preciso entender que los cristianos surgen como un grupo religioso tras la muerte y Resurrección de Cristo, pero todavía vinculado a la religión judía. Y uno de los problemas que tienen que abordar es cómo había que interpretar la ley de Moisés. Y se preguntaban si caducaban con Jesús aquellos preceptos antiguos de la ley y qué valor tenían, después de Cristo, las leyes del Antiguo Testamento y el mensaje de los profetas. San Mateo responde a esta cuestión desde su Evangelio, puesto que en su comunidad había muchos judeocristianos. Su respuesta es que Jesús no ha venido a abolir los mandatos del AT sino a dar plenitud. Jesús ha venido a consumar, a llevar a plenitud la Ley y los Profetas. Estamos oyendo la nueva sabiduría de Jesús. Jesús comenta seguidamente temas concretos del AT: el homicidio, el adulterio, el divorcio y el juramento. Después seguirán la venganza y el amor a los enemigos, pero todo, en el marco concreto de la justicia: Mt 5,20; 6,1.33.

El Reino de Dios y su justicia

Recordemos que la justicia es un tema específico de San Mateo (pues aparece siete veces en Mt: 3,15; 5,6.10; 5,20; 6,1.33; 21,32): Cinco veces aparece la justicia en el Sermón de la Montaña: El Reino de Dios y su justicia (Mt 6,33) es la perspectiva del Sermón de la montaña, con la propuesta de una alternativa de vida social y religiosa cuyo fundamento es la paternidad de Dios. La gran novedad de Jesús es el anuncio de Dios como Padre. La crítica de Jesús a los escribas y a los fariseos no es su interpretación particular de la ley del AT sino su disociación entre enseñar y actuar (cf. Mt 23, 1-3).

Significado del Reino de Dios en Mateo

Ante Dios Padre no se puede ocultar nada y la religiosidad aparente de los fariseos queda al descubierto. Nos lo repite el libro del Eclesiástico: “Los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre” (Eclo 15,20). Y también la primera carta a los Corintios: “El Espíritu todo lo penetra” (1Cor 2,10). La justicia va unida directamente al tema del Reino en tres ocasiones: Mt 5,10; 5,20; 6,33 (y también, implícitamente, en Mt 21,32: “Los publicanos y las prostitutas os preceden para entrar en el Reino de Dios. Ellos creyeron el camino de la justicia predicado por Juan, vosotros no”). La justicia en Mateo significa, en primer lugar, el proyecto de Dios en Cristo (Mt 3,18), en segundo lugar, un nuevo orden humano y social según el plan de Dios: (Mt 5,6; 6,33; 21,32), y finalmente, con sentido ético, la rectitud y fidelidad a la voluntad de Dios (Mt 5,10.20).

El espíritu de la ley hasta las últimas consecuencias

Con una autoridad inaudita, Jesús radicaliza la ley convirtiéndola no en mandatos positivos, sino en cláusulas de libertad. Jesús no se queda en la formulación de los mandatos sino en el espíritu que los fundamenta. Jesús aborda algunas cuestiones particulares a modo de ejemplo: Cumplir es practicar hasta las últimas consecuencias: Es consumar. Es llevar a cabo totalmente. Y Jesús insiste en vivir aquello que se predica. Los discípulos de Jesús quedan emplazados a vivir una justicia superior a la de los fariseos. Jesús es el cumplimiento de la Ley (Mt 5,17-20). Las palabras de Jesús constituyen un paralelo de la ley (cf. Mt 23,23). Los temas particulares que toca el Evangelio para su radicalización, desde el criterio último del verdadero amor, son el homicidio, el adulterio, el divorcio y el juramento. No son antítesis, sino propuestas radicales. No basta cumplir con la legalidad para ser justos en el reino de Dios. El Reino de Dios comporta un nuevo orden moral derivado de la nueva y más profunda realidad del ser humano, el cual ha sido constituido, desde la paternidad misericordiosa de Dios, en hermano de todos los hombres.

El espíritu del “no matarás”

San Mateo destaca esta enseñanza con varios ejemplos: En el mandato de “No matarás” de Ex 20,13 y Dt 5,17, Jesús profundiza en el espíritu del mandato, radicalizándolo y elevándolo a una exigencia mucho mayor: el objetivo último de la relación entre las personas es la fraternidad y la reconciliación. Por tanto, en el espíritu del mandato hemos de incluir, como es evidente, no sólo la prohibición de dar muerte física, sino también la de descalificar, insultar, despreciar o anular al otro de cualquier modo. El culmen de la fraternidad proclamada desde el evangelio es la experiencia del perdón. No se puede estar en comunión con Dios estando en ruptura con los hermanos. No se puede ofrecer a Dios una ofrenda agradable a sus ojos permaneciendo en el desprecio o en la desconsideración de los demás. Los grados en ese menosprecio son múltiples y muy variados. Sin embargo, en todos ellos estamos aniquilando al otro.

Del “no cometerás adulterio” al amor de la entrega total

En la relación natural de la pareja humana, hombre y mujer, se tocan dos problemas: el adulterio (Ex 20,14 y Dt 5,18) y el divorcio (Dt 24,1ss). Pero Jesús, de nuevo, radicaliza la cuestión. El adulterio empieza en el corazón del hombre. En la relación de pareja, y especialmente en la relación sexual, reducir a otra persona y no vivir con ella una relación madura y libre de entrega amorosa es convertirla en un objeto y eso, ya con sólo desearlo, es pecado. En esa relación no reina el amor de Dios. La vida cristiana, por tanto, exige una radicalidad que es la base de la indisolubilidad y de la fidelidad en el matrimonio. Y si, en algunas circunstancias extremas, Moisés permitió el repudio fue por la obstinación y dureza de corazón de la gente, pero, a la luz de Mt 19,1-9, eso no fue así desde el plan del Creador y, a partir de Jesús, hay una exigencia mucho mayor: lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

Del “No jurarás” a la verdad de la palabra

Respecto al juramento, los mandatos prohibitivos de Lv 19,12; Nm 30,3; Dt 23,22, responden a la costumbre de acreditar y avalar la verdad de una afirmación acompañándola de una verdad superior indiscutible. La exigencia evangélica, sin embargo, defiende la fuerza moral de la palabra humana, que ha de sostener un mundo de relaciones humanas basado en la verdad, en la autenticidad y en la transparencia, alejado de toda hipocresía, engaño y mentira, y basado en la confianza, en la sinceridad y en la autenticidad propia de los limpios de corazón, sin dobleces, ni segundas intenciones, sin sospechas, sin traiciones ni componendas, sino con la firmeza de la palabra dada, comprometida y coherente.

Los grandes valores de la credibilidad de nuestra Iglesia

Por tanto, creo que la coherencia y la fidelidad a la palabra dada, así como la defensa de los grandes valores del Reino en favor de la vida y de la dignidad humana, en favor del amor a fondo perdido y con capacidad espiritual y permanente para perdonar al otro, sobre todo, en la institución matrimonial, donde los problemas posibles se deben prevenir, afrontar y resolver desde el gran criterio evangélico del amor de la entrega total, deben ser también los grandes valores y los signos de credibilidad de nuestra Iglesia. Tras la escucha de la sabiduría de Jesús nuestra Iglesia ha de encontrar en el anuncio del Reino de Dios y su justicia el sentido de toda su tarea evangelizadora para que nuestros pueblos y culturas perciban las claves profundas de su transformación progresiva. Así, viviendo siendo fieles a la justicia de Dios, podremos entrar en la gran alegría del Reino.

José Cervantes Gabarrón es sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura. Director de Oikía, Casa de Acogida a Niños de la Calle, y director del Instituto de Estudios Teológicos Seminario Mayor San Lorenzo, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.

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