CULTURAPRIMERA PLANA

“La programación informática y escribir una novela son el mismo oficio con distinta sintaxis”

Entrevista a José María Palazón, escritor alcantarillero e informático

Domingo, 16 ago. 2026. MARIO CRESPO
José María Pastor Molina (Alcantarilla, 1983) compagina su trabajo de técnico informático con la literatura. De hecho, sus dos libros publicados y el tercero en ciernes tienen que ver bastante con la programación, la tecnología y las redes sociales. El resultado, novelas de ciencia ficción con algo de humor negro. De pequeño apuntaba maneras como informático: a los 12 años diseñó la primera página web del instituto Francisco Salzillo en el que estudió. Lo de la literatura vino después…

P. Informática y literatura. Es la primera vez que veo ese ‘maridaje’ literario. Defiéndase…
R. Poco hay que defender, porque un informático se pasa el día escribiendo ficción. Cuando le dices a un jefe “eso lo tenemos listo el viernes”, estás haciendo literatura fantástica de primer nivel. Lo que pasa es que ahí el error te lo subraya el compilador en rojo, y el lector, que es más educado, cierra el libro y no vuelve.
Fuera de bromas: programar y narrar son el mismo oficio con distinta sintaxis. En los dos casos construyes un sistema que tiene que sostenerse solo cuando tú ya no estás delante. Un bug es un agujero de guion. Y una novela se parece bastante a una arquitectura de software, porque si en el capítulo tres metes una dependencia que luego no usas, en el veinte te explota en la cara. Después está la ventaja injusta, que es haber visto esto por dentro. Un informático sabe que hay contraseñas apuntadas en pósits pegados al monitor. Sabe que en cualquier organización existe una máquina crítica que lleva ocho años encendida porque nadie se atreve a tocarla, ni siquiera para limpiarle el polvo. Cuando conoces con qué está atado el mundo, escribir catástrofes te sale casi solo. Es más documentación que imaginación.

Usted describe la temática de sus libros como «ciencia ficción y humor negro», otro matrimonio infrecuente. ¿Tal vez es lo que hace sus libros diferentes de otros de géneros parecidos, esa perspectiva ambigua entre humor, tecnología y futurismo?
Me encantaría decirle que fue una decisión de mercado muy meditada. La verdad es que no sé escribir de otra manera. El humor negro no lo pongo yo encima de la catástrofe, como quien echa perejil. Es lo que ocurre dentro de la catástrofe. Pregúntele a cualquiera que haya hecho guardia en urgencias, o a un compañero mío a las tres de la mañana con los servidores caídos: nadie está ahí recitando frases solemnes. Están soltando bromas malísimas, porque es el único casco que uno puede ponerse con las manos temblando. Además funciona como caballo de Troya. La ciencia ficción sin humor corre el riesgo de convertirse en un PowerPoint sobre el apocalipsis, muy documentado y absolutamente inhabitable. Si consigues que alguien se ría en la página cuarenta, en la ciento veinte tiene la guardia baja y puedes colarle la idea incómoda sin que la vea venir. La risa es anestesia local: sirve para operar. Y si me pregunta qué me diferencia, no creo que sea el humor, que de eso hay mucho y muy bueno. Creo que es la manía técnica. Yo no puedo escribir “el hacker vulneró el sistema” y quedarme tan tranquilo. Me pica.

En ‘Blackout Europa’ usted describe una situación de futuro fatídico: un apagón en toda Europa por un ataque informático. Usted, que es informático a la vez que escritor ¿se considera tecnofóbico o tecnofílico? ¿A qué deriva nos lleva la tecnologización de toda la sociedad?
Ni una cosa ni la otra. Soy técnico, que es bastante peor, porque yo he visto cómo está atado esto por detrás. No le tengo miedo a la tecnología: le tengo un respeto enorme al presupuesto de mantenimiento. La mayoría de los desastres informáticos no los provoca un genio con capucha en un sótano. Los provoca alguien con prisa y un parche que se aplazó dos años. Mi novela no va de máquinas malvadas, va de dependencia. Hemos construido una civilización preciosa donde todo funciona siempre… mientras haya electricidad. Quítela cuarenta y ocho horas y descubrirá que el dinero es un número guardado en un servidor, que el agua necesita bombas para subir a un cuarto piso, que el supermercado tiene existencias para día y medio, y que ya nadie sabe encender un fuego sin buscarlo en YouTube. Que también está apagado. ¿La deriva? Terminator no, desde luego. La comodidad. Hemos externalizado la competencia: ya no sabemos leer un mapa ni aburrirnos, y le aseguro que lo segundo es más grave que lo primero. Una sociedad que ha delegado todas sus capacidades básicas tiene un único punto de fallo. Y eso, en un diagrama, cualquier informático se lo pinta en rojo.

Su otra obra, ‘Pizza, Twitter y 23 días en el infierno’, narra una situación casi increíble a la que los personajes llegan a partir de un reto viral en Twitter. ¿Son las redes sociales tal vez las nuevas fuentes de inspiración literaria?
Más que fuente de inspiración yo las llamaría fuente documental. Es un catálogo en directo, gratuito y sin filtro del comportamiento humano cuando se le quita la vergüenza. Antes, para escribir sobre la condición humana, había que sentarse en la barra de un bar y escuchar mucho. Hoy tiene usted lo mismo a escala planetaria y con capturas de pantalla. Lo que me fascina de un reto viral es la mecánica. Nadie decide meterse en un desastre de golpe. Se mete un poquito, por una risa, para que no digan, porque un desconocido le ha llamado cobarde delante de miles de personas. El orgullo, que es el sistema operativo más antiguo que tenemos, hace el resto. Mi protagonista acaba en el desierto del Namib por accidente y sin plan B, pero el error no lo comete en África. Lo comete cómodamente sentado en su casa, pulsando “enviar”. Y no crea que exageré mucho. Basta con leer los titulares de cualquier diario.

En su web nos adelanta que tiene un tercer libro en preparación. ¿Qué pinceladas de la trama nos puede dar?
Le doy la primera escena entera, que es lo único que puedo contar sin estropearle la novela a nadie.
Un domingo de junio, frente a la isla de Wight, una fragata rusa averiada dispara tres tiros al agua para apartar a un velero de recreo que no sabe que ese buque no puede maniobrar. Nadie apunta a nadie. Los tiros no rozan la cubierta. Pero a bordo del velero hay un jubilado inglés de setenta y tres años con dos stents, y el corazón no distingue entre un disparo de aviso y uno real. La autopsia dirá “causas naturales” y ese documento llegará tarde, porque para entonces los teletipos ya han puesto “abrió fuego” al lado de “ha fallecido” y han dejado que cada lector ponga por su cuenta la bala en el lugar que el texto no pone.
Trece días después, el mundo se ha terminado. Entre esas dos frases no hay ningún villano, y ahí está la novela entera. Hay un titular que llega a puerto antes que el cadáver. Hay una subestación eléctrica que llevaba diez años pidiendo una pieza. Un ministro pregunta si el comunicado sale antes o después de las nueve. Un gobierno en minoría fija su posición ante el apocalipsis a cambio de que le electrifiquen un tren de cercanías. Y dos barcos, a oscuras, se apartan hacia el mismo lado del mismo pasillo. Ninguno de esos señores se levantó esa mañana con la intención de destruir Europa. Todos hicieron su trabajo, con prisa y con la información que tenían. Y funcionó. El título de trabajo es Nadie apuntaba a nadie, y es literalmente la tesis. Yo no creo en el botón rojo ni en el general loco. Creo en el correo que se contesta a las once de la noche, en el repuesto que no llegó, en la palabra mal traducida. Los sistemas complejos no se caen por un sabotaje: se caen por acumulación de detalles razonables. Eso se aprende administrando servidores, no leyendo tratados de geopolítica. Humor hay, sí. Menos que en los anteriores y bastante peor intencionado. Cuando se acaba el mundo alguien tiene que tramitarlo, y ese alguien tiene delante un formulario que no está preparado para ese fin.

¿Qué acogida han tenido sus dos libros ya publicados, a la venta en Amazon?
Mejor de lo que esperaba y peor de lo que fantaseo a las tres de la mañana, que es el rango normal de cualquier autor independiente. Publicar sin una editorial grande detrás significa que el departamento de marketing eres tú, el de prensa también eres tú, y que tu primer club de lectura es tu familia, o sea un jurado corrupto. Lo adictivo llega después: el día que una persona a la que no conoces de nada, y a la que no puedes invitar a un café, se gasta su dinero y encima vuelve a dejarte una reseña. Y para que no parezca que le vendo humo, le doy los números. ‘Pizza, Twitter y 23 días en el infierno’ se ha vendido en España, México y en Estados Unidos, cosa que todavía me descoloca un poco. Escribes una novela sobre un programador tirado en el desierto pensando en tus cuatro amigos, y un día descubres que alguien la está leyendo al otro lado del Atlántico, en un sitio donde no has estado nunca y donde no conoces a nadie que pueda hacerte el favor. En Amazon acumula diecinueve reseñas con una media de cinco estrellas. Lo que me llama la atención no es la nota, es que repiten dos cosas. Una, que les ha sorprendido: entran esperando una gamberrada por el título y se encuentran con algo que tiene bastante más fondo del que anunciaba la portada, que es exactamente la trampa que yo quería tender. La otra, que les gustaría verla en el cine o como serie. Al principio me hizo gracia y después me hizo pensar, porque la novela está construida en episodios casi sin querer. Si alguna productora está leyendo esta entrevista, tengo el teléfono encendido y siempre conmigo. Aunque la satisfacción de verdad no está en Amazon. Está en presentar en la Feria del Libro de Alcantarilla y en que te pare un vecino por la calle para decirte que se lo ha leído y le ha gustado. Eso no sale en ninguna gráfica de ventas, aunque en el banco sigan sin entenderlo.

Entonces ¿ser escritor es una válvula de escape idealista o puede merecer la pena económicamente?
Se lo resumo con un dato que conocemos todos los que escribimos en este país: la inmensa mayoría no vive de escribir. Vive de otra cosa y escribe. Yo tengo la enorme suerte de que esa “otra cosa” me gusta y encima me da material. Dicho eso, me niego a comprar el paquete completo del artista romántico y hambriento. Que un oficio no sea rentable no es una virtud espiritual, es un problema de estructura. El sector del libro mueve muchísimo dinero. Lo que ocurre es que se reparte de una forma bastante creativa y el autor suele estar al final de la fila, con cara de no querer molestar. Así que, honestamente: hoy escribir me da para los cafés. Escribir bien me daría para el café y la tostada. Pero prefiero pensar que el problema tiene arreglo antes que resignarme a la versión bohemia, que queda preciosa en las películas y muy incómoda a fin de mes.

¿Podríamos ver a Alcantarilla como alguno de los escenarios de uno de sus libros?
Le voy a ser sincero: ninguno de mis libros está ambientado en Alcantarilla. Ahora bien, murcianos hay en todos. Es más, los dos protagonistas de los últimos lo son, y eso ya no es casualidad. Chema, el de ‘Pizza, Twitter y 23 días en el infierno’, es un programador murciano al que la vida planta en el desierto del Namib. Y ahí está media gracia del libro, porque un murciano es, sobre el papel, el europeo mejor preparado del mundo para acabar en un desierto. Sabe lo que es el calor, sabe lo que es la sequía y sabe lo que es que le digan que el agua viene de camino. Lo que pasa es que aquí, cuando aprieta, uno se mete en un bar con aire acondicionado. Allí no. En el tercero, el protagonista es Marcos Aranda, intérprete murciano de la OTAN, y esa novela sí transcurre en buena parte aquí, cosa que ya me parece mucho decir para un libro que empieza frente a la isla de Wight. Mientras él está lejos traduciendo el desastre, su familia lo vive por el grupo de vecinos de WhatsApp, que la mañana de los tres marineros muertos está discutiendo por el ruido de una moto. Hay una madre que combate el miedo cocinando táperes para un hijo que no vuelve, porque las madres de aquí no rezan, congelan. Eso no lo he sacado de ningún informe. Eso lo he visto.
Y le confieso una cosa: escribo murcianos porque no sé escribir a nadie que no sepa cómo suena esto. Puedo documentar un submarino británico o una sala de crisis en Bruselas, y lo hago. Pero cuando tengo que meterme dentro de una cabeza, necesito una que haya crecido oyendo lo que yo he oído. Hay algo más de fondo. En el tercer libro, España no es espectadora: es geografía. Rota está donde está. Cartagena está a cuarenta minutos de mi casa. Uno cree que las grandes catástrofes internacionales ocurren en un mapa lejano hasta que mira el mapa de verdad y se ve dentro. Escribirlo desde aquí, sabiendo qué carretera coge la gente para salir y a qué hora cierra el súper, le da una verdad que no te da ningún documental. ¿Y una novela con Alcantarilla con nombre y apellidos? Me la debo, y lo digo medio en broma y medio muy en serio. Porque la gran mentira del género catastrófico es que las cosas ocurren en Nueva York, con un plano del puente de Brooklyn y un presidente en un búnker. Y no. Las cosas ocurren donde hay una gasolinera, un supermercado y un bar en el que te ponen lo de siempre sin preguntar. Un apagón total aquí daría mucho más juego que uno en Manhattan, porque lo primero que haría todo el mundo es bajar al bar a comentarlo. Y de ahí no nos mueve ni el fin del mundo. El atrezzo, además, es inmejorable. Tenemos una noria que lleva siglos girando y que probablemente siga girando cuando no quede nadie para verla. Tenemos una huerta que ha sobrevivido a todo. Tenemos una base aérea de la que caen paracaidistas del cielo con absoluta normalidad, imagen que en cualquier otro sitio sería el capítulo doce de una novela de invasión. Y tenemos fábricas de conservas, o sea que en caso de colapso alimentario esto sería el último reducto civilizado de Europa, y encima dulce. Luego está el nombre, que viene del árabe al-qantara, “el puente”, pero que en castellano significa lo que significa. Explíquele usted eso a un editor extranjero. Nacer en un pueblo llamado Alcantarilla ya te predispone al humor negro. Lo demás es entrenamiento.

Usted, además de informático y escritor es promotor de publicaciones ¿En qué consiste esa faceta?
Hay una cosa que me llevo de estos dos libros y que no aparece en ninguna sinopsis: lo sola que está la gente que escribe. En España hay miles de personas con un manuscrito terminado en un cajón y sin la menor idea de a quién enviárselo. Al otro lado hay editoriales, agencias y productoras recibiendo montañas de correos sin ningún criterio. Es un problema de conexión, y los problemas de conexión, mire usted por dónde, son exactamente mi oficio de siete a tres. De ahí ha salido Vía Tinta (viatinta.com), una plataforma que he desarrollado para poner en contacto a autores con editoriales, agencias literarias y productoras audiovisuales. Un proyecto hecho desde Alcantarilla, en las tardes que tengo libres, y con una idea detrás bastante simple: que el talento no debería depender de conocer a alguien. Y ya que estoy, aprovecho. Si alguien de aquí tiene una novela en un cajón, que la saque. El pueblo tiene biblioteca y tiene feria del libro, y sobre todo tiene lectores. Lo único que falta siempre es que alguien se atreva a dar el primer paso, que es la parte gratuita y también la más difícil.

Más información sobre el autor y su obra en su web

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