
Reflexión dominical. Exigencia extrema en la misión: San Pedro y San Pablo
Por JOSÉ CERVANTES
Domingo, 28 jun.2026
Sorprendente mensaje de Jesús
El evangelio de Mateo organiza todo el mensaje de Jesús en cinco grandes discursos que dan a la obra una estructura de alternancia de obras y palabras de Jesús. Hoy se lee en la Iglesia el final del segundo discurso, dedicado a la instrucción de los discípulos para la misión (Mt 10,37-42), e introduce un mensaje nuevo y sorprendente en la predicación de Jesús, con una exigencia extrema. “El que quiere al padre o a la madre más que a mí no es digno de mí, y el que quiere al hijo o hija más que a mí no es digno de mí” (Mt 10,37). Como el lunes próximo también es solemnidad, dedicada a los apóstoles San Pedro y San Pablo, podemos decir que todas y cada una de las notas que resaltamos del evangelio dominical han sido vividas por ellos dos hasta el extremo del martirio.
Ruptura con la familia
Este dicho de Jesús que acabamos de leer, sobre la ruptura con la familia es uno de los dichos del Evangelio que, en esta forma simple, con toda probabilidad, siguiendo los criterios de historicidad, puede atribuirse al Jesús histórico. Llama la atención, una vez más, la dureza y rotundidad con que, en este dicho de Jesús, aparece la ruptura con la familia por parte de los discípulos. Jesús reclama de los discípulos una gran radicalidad en la ruptura de relaciones con los miembros de la propia familia, del propio grupo de parentesco o del propio grupo étnico. Se trata de una ruptura de la fidelidad debida a estos diversos grupos de pertenencia.
La fidelidad a Jesús y al Reino
Sin embargo, el dicho de Jesús no pretende inculcar en sus discípulos la enemistad o la aversión hacia los padres, sino que tiene como objetivo, más bien, proclamar que la fidelidad a Jesús y al Reino de Dios están por encima de la fidelidad que se debe a la familia, la cual era la estructura básica de la sociedad helenístico-romana en aquella época y requería la fidelidad y la solidaridad entre sus miembros, en torno a la figura del pater familias, por encima de cualquier otra obligación.
Un Evangelio muy exigente
Tanto Mateo como Lucas (Lc 14,26-27) recibieron este dicho de Jesús a través de un documento de palabras y sentencias de Jesús anterior a la redacción de los evangelios, colección denominada por los biblistas “Fuente Q”. Mateo lo ha puesto como una exigencia última en la disponibilidad de los discípulos para llevar a cabo la misión de anunciar el reino de Dios y su justicia. La radicalización evangélica por causa del seguimiento de Jesús se hace casi incomprensible al incorporar la exigencia de renunciar a sí mismo y de cargar con la propia cruz: “Y quien no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que encontró su vida la perderá, y el que perdió su vida por causa mía la encontrará” (Mt 10,38-39).
Libertad y entrega
Aquella expresión de Jesús sobre los padres – debemos repetirlo – no quiere generar ningún tipo de odio hacia ellos, ni mucho menos, sino que resalta la radicalidad extrema de la fidelidad a Jesús y al Reino de Dios de parte de los discípulos. Una radicalidad que se debe interpretar como expresión de la gran libertad que debe caracterizar la entrega de la vida del discípulo en el seguimiento del crucificado. Lucas recogió ese dicho de Jesús lo colocó en el marco de las exigencias a los discípulos (Lc 14,25-33) y amplió la lista de familiares a los que hay renunciar para ser discípulo, incluyendo entre ellos a la mujer, a los hijos, a los hermanos y a las hermanas, así como la necesidad de desprenderse de todos los bienes (Lc 14,33).
El cambio de valores
La vida del discípulo comporta, pues, un cambio de valores desde las categorías evangélicas y conlleva la capacidad de renuncia y de sacrificio para luchar con total disponibilidad y libertad por la causa del Reino de Dios. Lo que hay que construir en nuestro mundo es un hogar universal para toda la familia humana, derribando los muros de la esclavitud y del racismo y destruyendo las fronteras que excluyen a los pobres de la tierra de la mesa de los ricos. Para eso es necesario un movimiento de discípulos verdaderamente libres y apasionadamente comprometidos con la causa de la fraternidad universal.
La fraternidad de Jesús
La familia constituye un núcleo fundamental en la estructuración de nuestra sociedad y sus valores fundamentales han de ser preservados como valores sociales y culturales de primer rango. Sin embargo, ésta no debería ser tampoco lo primero desde la perspectiva cristiana del Reino de Dios. Jesús propone una nueva fraternidad abierta a todos, especialmente a los pobres y marginados.
El cambio de mentalidad
Para quien quiera seguirle y convertirse en un verdadero discípulo y misionero del Reino es preciso cambiar de mentalidad. Es preciso cambiar la mentalidad de la familia cerrada y acomodada por una mentalidad nueva de fraternidad universal y de familia verdaderamente cristiana, que, abierta al Reino de Dios, consolide todas sus relaciones en el amor a Cristo, encontrando en él la fuerza para la entrega y fidelidad matrimonial del hombre y la mujer, así como para la relación entre padres e hijos.
Renuncia y sacrificio por el Reino
Esa nueva mentalidad comporta en los cristianos la capacidad de renuncia y de sacrificio y la total disponibilidad y libertad para el Reino de Dios y su justicia. Uno de los retos más urgentes que hoy tiene nuestro mundo es hacer del mundo global, sumido en la injusticia estructural y en la miseria de grandes masas de personas y pueblos, un hogar universal, una nueva familia humana, que cambie las relaciones sociales de la humanidad, sobre todo, las relaciones de dominio de unas personas respecto a otras y de sometimiento de unos pueblos respecto a otros. Para ello es preciso derribar los muros de la exclusión social, de la explotación y del racismo.
La comunión trascendental con Cristo
La radicalidad en el seguimiento brota de la experiencia de la novedad de vida propia de una vida cristiana auténtica. La identidad cristiana, en los términos de la Carta a los Romanos, tiene su origen en la participación de los creyentes en el misterio pascual (Rom 6,3-11), pues allí Pablo muestra el gran dinamismo de los cristianos que estamos llamados a vivir una novedad de vida. La relación íntima con Cristo, con su pasión y con su sepultura, nos capacita para ser también partícipes con él de la nueva vida, la que es propia de los que han resucitado con Cristo y pueden vivir la radicalidad del discipulado misionero en todos sus compromisos de vida. Las expresiones originales en el griego de Pablo nos vinculan tan estrechamente a Cristo que el apóstol nos traslada a la experiencia trascendente de la Pasión y Resurrección de Cristo, en cuyos acontecimientos nosotros ya fuimos co-crucificados con Cristo, co-sepultados con Cristo y co-vivificados con Cristo. Valga este énfasis en los verbos paulinos (que serían extranjerismos o neologismos en nuestra lengua) para destacar la raíz de nuestra identidad de bautizados y, en consecuencia, la radicalidad que de ella se deriva para los que creemos en Cristo como discípulos y misioneros suyos. Feliz domingo.
El testimonio misionero de San Pedro y San Pablo
El día 29 de junio se celebra la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo, como grandes pilares de la fe en el comienzo de la Iglesia primitiva. Ambos tuvieron que asumir los desafíos del inicio de la expansión y difusión del Evangelio de Jesucristo. Fue una fase crucial de la Iglesia, que, impulsada por el Espíritu Santo, se abría al mundo entero para comunicar la buena noticia de la salvación a todos los seres humanos. Ambos, apasionados por Jesucristo y su Evangelio, vivieron todas las exigencias del discurso de la misión de este domingo y ambos dieron testimonio con su sangre del mensaje de la salvación. Por caminos muy diferentes, pero con el mismo amor a Jesucristo, los dos proclamaron con su vida y su palabra la alegría de la fe. La Iglesia los venera juntos, en el mismo día, haciendo memoria creyente de estos apóstoles y mártires, cuyos sepulcros se encuentran en Roma en sus respectivas basílicas.
San Pedro y San Pablo, pilares de la Iglesia
La fiesta de San Pedro y San Pablo
En muchos lugares donde no se celebra esta fiesta el día 29 de Junio, que es su día, y se pasa a este domingo la solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo, como grandes pilares de la fe en el comienzo de la Iglesia primitiva. Ambos tuvieron que asumir los desafíos del inicio de la expansión y difusión del Evangelio de Jesucristo. Fue una fase crucial de la Iglesia, que impulsada por el Espíritu Santo, se abría al mundo entero para comunicar la buena noticia de la salvación a todos los seres humanos. Ambos, apasionados por Jesucristo y su Evangelio, dieron testimonio con su sangre del mensaje de la salvación. Por caminos muy diferentes, pero con el mismo amor a Jesucristo, los dos proclamaron con su vida y su palabra la alegría de la fe. La Iglesia los venera juntos, en el mismo día, haciendo memoria creyente de estos apóstoles y mártires, cuyos sepulcros se encuentran en Roma en sus respectivas basílicas.
Pablo, testigo del Evangelio
Pablo era un judío fariseo de la diáspora, profundamente convencido y orgulloso de su fe en la religión de Moisés, que, tras el encuentro personal con el Señor Jesús, recibió el impulso del Espíritu para ser el testigo más convincente del Evangelio de Cristo en las vastas regiones de Asia Menor y la Europa de la cultura clásica grecolatina. Su testimonio y su pensamiento, su experiencia religiosa y su pasión misionera han quedado reflejados en los Hechos de los Apóstoles y en las trece cartas atribuidas a Pablo en el Nuevo Testamento, haciendo de él el testigo primero y más amplio de la vida cristiana.
Entusiasta apasionado
Pablo fue un entusiasta apasionado del Evangelio, es decir, del mensaje de salvación que para el género humano supone el anuncio de Jesús, el Mesías, y éste crucificado y resucitado. Esta palabra potente de salvación cautivó su vida y se convirtió en el sentido de su existencia. Su ejemplo puede servirnos en nuestra espiritualidad profunda para transformar nuestras capacidades personales y concentrar toda la vida en el amor a Cristo. El Evangelio de Cristo es el fundamento de la fe, el sostén de la esperanza y la palabra más potente para transformar el mundo.
El encuentro del Evangelio con la cultura grecolatina
Pablo fue también el primero que propició la apertura y el encuentro del evangelio con la cultura del mundo grecolatino. Desde su primer escrito, la primera carta a los Tesalonicenses, hasta el último original, la Carta a los Romanos, todas sus cartas son cartas amistosas que responden puntualmente a los problemas de las comunidades eclesiales de vida urbana que en su mayor parte él mismo fundó. Sin embargo, reflejan también la fuerza del Evangelio en su vida como potencia del Espíritu para dar respuesta a los grandes interrogantes de la existencia humana. La trascendencia de las grandes cartas, a los Gálatas, las dos a los Corintios, y sobre todo la Carta a Los Romanos, ha marcado la historia de la cultura occidental.
El paradigma del diálogo transformador de las culturas
Pablo, como gran teólogo del cristianismo, realiza la primera síntesis del encuentro del Evangelio con su cultura en todas las ciudades de su misión por la cuenca mediterránea, en Tesalónica, Filipos, Corinto, Éfeso y Roma. Él es el paradigma del encuentro del Evangelio con las culturas. En un mundo multicultural como el nuestro, particularmente en Latinoamérica y África, nuestra Iglesia debe seguir profundizando los valores y los antivalores, las creencias y las tradiciones, los interrogantes abiertos y las deficiencias de las culturas para propiciar el encuentro profundo con los valores del Evangelio y contribuir así a la Nueva Evangelización del mundo contemporáneo, que mira al continente latinoamericano como el continente del amor y de la esperanza. La entrega de Pablo a la causa del Señor en la misión evangelizadora y en medio de no pocas tribulaciones queda patente en el testamento final de su vida, que, escrito por él o por algún discípulo suyo, está recogido en la Segunda carta a Timoteo que hoy leemos (2 Tim 4,6-18).
La confesión de fe de San Pedro
Sobre Pedro, entre otros, hay un texto evangélico clave que está en el centro del evangelio de Mateo (Mt 16,13-20). En él Jesús plantea abiertamente la cuestión de su identidad, pero reclama, sobre todo, la respuesta personal de sus discípulos. Destaca sobremanera la confesión de fe de Pedro, profundamente creyente, que reconoce en él al Mesías y al Hijo de Dios vivo. A esa confesión de fe de Pedro corresponde Jesús con una triple indicación: la felicitación por haber recibido de Dios la revelación que le ha llevado a profesar su fe, la elección particular de Jesús para que Pedro desde su fe constituya el fundamento sólido de la única Iglesia de Cristo y la concesión de toda la autoridad, mediante la entrega de las llaves del Reino, para ejercer su misión al servicio del mismo con la potestad de atar y desatar.
La primacía de Pedro
Especialmente resuena la correspondencia entre las palabras de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” y las de Jesús: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. La confesión de Pedro, decidida y audaz, impulsa a Jesús a conferir a Pedro una misión y un estatuto especial en el interior de su Iglesia. Una bienaventuranza tan personalizada y singular no es habitual en los textos bíblicos, los cuales dirigen este tipo de felicitaciones a grupos o categorías de personas. Lo extraordinario de la expresión atrae la atención sobre la figura y la misión de la persona de Pedro, cuya primacía entre los discípulos queda patente a lo largo de todo el Evangelio. La bienaventuranza dirigida a Pedro muestra que el origen de su conocimiento es el resultado de una verdadera revelación del Padre.
Pedro y Piedra
Mediante el juego de palabras, Pedro y Piedra, Mateo justifica el cambio de nombre de Simón, pues, al llamarlo así, Jesús transforma su identidad personal apuntando a la misión específica que va a tener en la construcción de su Iglesia. La piedra es símbolo de la estabilidad, de la solidez y de la durabilidad. En el Antiguo Testamento se aplica a Dios (Sal 18,2) y al Mesías (Sal 118,22-23; Is 28,16-17), y a Abraham en cuanto cabeza del pueblo Israel (Is 51,1-2) y en el Nuevo Testamento a Jesús (Rom 9,33; 1 Cor 3,11; 1 Pe 2,4-8). De este modo el nombre de “Pedro” refleja su misión y su función en la Iglesia. Con este fundamento, el Señor Jesús fundará y construirá la Iglesia. Es una acción futura que realizará Jesús en persona consolidando una comunidad mesiánica, no reducida ya al grupo histórico de sus discípulos sino abierta a todas las gentes (Mt 28,16-20). La Iglesia es la comunidad y la asamblea de los llamados y convocados por Dios para vivir en su Alianza de amor. Esa comunidad mesiánica trasciende las fronteras nacionales, étnicas, culturales y lingüísticas y constituye el nuevo Pueblo de Dios de carácter universal. De esa Iglesia Pedro es el fundamento sobre el que Jesús erige una comunidad viva, que anclada en la fe petrina confiesa a Jesús como Mesías e Hijo de Dios vivo y participará de su victoria definitiva sobre el mal y sobre la muerte.
La misión de Pedro y la del Papa
Con la entrega de las llaves del Reino a Pedro se subraya la autoridad recibida por parte de Jesús en el servicio al Reino con la tarea eclesial de atar y desatar, es decir, de interpretar y llevar a cabo el proyecto de Dios sobre la humanidad, revelado en el Evangelio. Esta misión de atar y desatar pertenece también a la Iglesia (Mt 18,18) pero tiene en la figura del apóstol Pedro su primacía. La figura del actual sucesor de “Pedro”, el papa León XIV, está comunicando un mensaje de renovación de la Iglesia y del mundo, y es un motivo de inmensa alegría pues, a través de él, de su palabra sabia e iluminadora, sigue consolidándose la fe entusiasta y comprometida de la Iglesia en torno a Jesús, Mesías, el Hijo de Dios. Oremos por el Papa León en este día para que siga transmitiendo al mundo el Evangelio de la Alegría y la antorcha de la dignidad humana de la que hace gala su encíclica “Magnifica Humanitas”.

José Cervantes Gabarrón es sacerdote misionero murciano y profesor de Sagrada Escritura. Director de Oikía, Casa de Acogida a Niños de la Calle, y director del Instituto de Estudios Teológicos Seminario Mayor San Lorenzo, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.