OPINIONPRIMERA PLANA

Reflexión dominical. El que viene es Dios en persona

Por JOSÉ CERVANTES
Domingo, 14 dic. 2025

El domingo de la alegría en Adviento

Hacia la plenitud de la alegría apunta el gozo mesiánico de este domingo tercero de Adviento, en que la Iglesia celebra ya la alegría anticipada de la Navidad, pues el que viene es Jesucristo, es Dios que “viene en persona, resarcirá y los salvará” (Is 35,4). Todos los textos bíblicos (Is 35,1-6.10; Sant 5,7-10; Mt 11,2-11), ante la cercanía de esta Navidad del Señor Jesús, nos introducen en la gran dicha de un tiempo nuevo en la historia de la humanidad, el del Mesías, que ya celebramos en el llamado “Gaudete” o “domingo de la alegría”.

La alegría plena es por el Mesías

Si hacemos una breve incursión en la alegría bíblica, constatamos que esta se convierte en dicha, como estado permanente de alegría y en plenitud, en virtud de la presencia del Reinado de Dios y de su amor, aún en las circunstancias humanas de desdicha más adversas, como las del pueblo de Dios en el destierro de Babilonia durante el s. VI a. C., que es el contexto de la primera lectura de este domingo (Is 35,1-6.10), o como las descritas en la primera parte de las bienaventuranzas de Mateo, referidas a los pobres, los indigentes, los desheredados y los hambrientos (Mt 5,3-6). Y es que la alegría de las Bienaventuranzas es la alegría de la Pasión de Cristo.

La alegría cristiana

Por eso, la más paradójica de las alegrías referidas en la Biblia se encuentra en 1Pe 4,12-13, pues allí está lo fundamental de la consideración petrina: “Al contrario, estén alegres en la medida que tenéis parte en la pasión de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de la alegría desbordante” (1Pe 4,13). La adhesión a la persona de Cristo es lo que capacita a los creyentes para vivir como Cristo y según él. Y este tipo de alegría del Espíritu y de plenitud en la dicha, por encima de cualquier circunstancia adversa, cualifica sobremanera la alegría cristiana, pues es la alegría plena, la de la dicha que Jesús comunica a sus discípulos en la última cena, justo antes de su Pasión (Jn 15,11).

La alegría divina de la Virgen María

Tampoco puede faltarnos en esta reflexión sobre la alegría, la de la Virgen María, que también es protagonista en este tiempo del Adviento y en ella se manifiesta la alegría que procede de Dios, desde el saludo del ángel (Lc 1,28: “alégrate, llena de gracia”) hasta la visita a Isabel y el canto del Magnificat, donde aparecen la alegría y la dicha correspondientes a la fe (Lc 1, 39-45). En la reacción de Isabel ante la cercanía del nacimiento de Jesús destaca su alegría inmensa. La misma alegría que María canta poco después, al iniciar el himno del Magnificat, es la que Isabel comunica al decir que la criatura “saltó de alegría” en su vientre. Los labios de Isabel proclaman dichosa a María: “Dichosa tú que has creído que se cumplirá lo que dice el Señor”.

La alegría colmada es la verdadera “Dicha”

El Magnificat (Lc 1,46-55) es la exultante manifestación del credo mariano. En él aparecen los términos de la alegría (“se alegra mi espíritu”, Lc 1,47) y de la dicha en el verbo “felicitar” (“me felicitarán todas las generaciones” o “me llamarán dichosa todas las generaciones”, cf. Lc 1,48). Unirse a María en su canto nos permite identificarnos con ella en el descubrimiento gozoso del Dios de los pobres, del Dios de la misericordia que actúa en la historia suscitando, generación tras generación, la liberación de las personas y de los pueblos a través de los testigos primordiales de su justicia.

El himno a la alegría en Isaías

Esa alegría formidable e incomparable es la que se vislumbra en el maravilloso texto de Isaías de este domingo: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría” (Is 35,1-6). Así comienza Isaías su himno a la alegría en el tiempo de la restauración del pueblo de Judá, al final del destierro de Babilonia en el siglo VI a. Cristo, cuando ya se vislumbra el horizonte de la liberación y del retorno a la tierra prometida. Es un momento vivido por el pueblo y por el profeta como tiempo de intervención salvífica de Dios. Cuando se aviva la esperanza del retorno se transfigura la situación dolorosa del destierro en tiempo de expectativa gozosa e inquietante, donde se respira la alegría, no en virtud de lo que ha sucedido sino en virtud de lo que está por venir.

La alegría sostiene la esperanza

La poesía del Deuteroisaías, tal como se denomina al segundo autor del libro bíblico de Isaías, destila alegría y esperanza, proyectando la inminente transformación de la realidad social y política del pueblo de Dios en imágenes espléndidas de una naturaleza renovada y de una humanidad transfigurada, hasta el punto de que “se despegarán los ojos del ciego y los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo y la lengua del mudo cantará”, porque el sufrimiento y la aflicción se alejarán, para abrir un camino de alegría radiante para la humanidad.

Los derechos humanos, a la vida, a la libertad, a la dignidad, a la paz y a la justicia

Cualquier situación humana de opresión y marginación, de explotación y de exclusión, en la que los derechos más elementales del hombre sean conculcados es parecida, aunque sea inicialmente, a la situación de destierro, desprecio o aniquilación que vivía el pueblo bíblico de Israel, Judá y Palestina, en distintas fases de su historia. Esta semana hacemos memoria especial de la Declaración Universal de los Derechos Humanos para solidarizarnos, motivados por la fe en el Señor Jesús, con todos aquellos hermanos que, todavía hoy, sufren la injusticia de un mundo inhumano, donde los derechos humanos a la vida, a la libertad y a la dignidad están siendo pisoteados, y donde los derechos sociales a la paz y a la justicia están amenazados. También nos sentimos hermanos de todos los que sufren las consecuencias de la guerra y de la violencia, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones y en cualquier lugar del planeta.

La esperanza y la alegría de los pobres

El Mesías Jesús, cuyo nacimiento histórico celebramos en Navidad y cuya venida última esperamos con alegría, se identifica ante Juan mediante sus obras, las cuales realizan lo que anunciaba Isaías: “Los ciegos ven, los cojos andan… y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia” (Mt 11,5). El que vino y el que viene no es un Mesías según las expectativas del adversario y recogidas en Mt 4,1-11. Jesús no es el Mesías del éxito fácil, de la espectacularidad, ni del poder, sino aquél cuyas obras y cuya palabra transforman al ser humano y las condiciones sociales de la humanidad, proclamando, sobre todo, la dicha y la alegría de los más pobres de esta tierra (Mt 5,3), no en razón de su situación presente, sino en virtud de que Dios está de su parte y de que, sin duda, con Jesús, cambió y cambiará el rumbo de su historia.

La dicha inquebrantable del Reino del Mesías que viene

El Reino de Dios inaugurado por el Mesías, sin embargo, sufre violencia desde el primer momento de su anuncio. Juan, el precursor que lo anunció, está en la cárcel. Jesús pasará por la cruz. Y todos los vinculados a este Mesías, por ser víctimas de la injusticia humana o por la libre aceptación de su seguimiento comprometido, siguen sufriendo la violencia que comporta la llegada del Reino de Dios. Pero ¡Dichoso el que no se escandalice del proyecto mesiánico de Jesús!

José Cervantes Cabarrón es sacerdote misionero murciano y profesor de Sagrada Escritura. Director de Oikía, Casa de Acogida a Niños de la Calle y director del Instituto de Estudios Teológicos Seminario Mayor San Lorenzo, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.

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